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Qué pobre el lenguaje progre

En esta profesión, en la que deberíamos defender, además de a nuestro cliente, a nuestro castigado idioma, maltratado y vulgarizado hasta por quien dice que lo limpia y le da esplendor, el postureo, el buenismo y la imperante e insoportable corrección política nos hacen alejarnos de ese deber.

Daniel Álvarez de Blas

Fecha 03/08/2020

En esta profesión, en la que deberíamos defender, además de a nuestro cliente, a nuestro castigado idioma, maltratado y vulgarizado hasta por quien dice que lo limpia y le da esplendor, el postureo, el buenismo y la imperante e insoportable corrección política nos hacen alejarnos de ese deber.

Últimamente vengo leyendo cosas escritas por quien coge el bolígrafo o el teclado del ordenador con papel de fumar, no sea que lo tachen de fascista, palabra que vale como insulto para todo; hasta para definir a un simple omnívoro.

Nuestro legislador ha hecho desaparecer del Estatuto de los Trabajadores, casi por completo, la palabra “padre”, que solo se encuentra una vez, y en plural, en su artículo 7.b, y la sustituye por esa fórmula absurda del “progenitor distinto de la madre biológica”, más propia de ese otro engendro lingüístico de la “nueva normalidad”, pero eso sí, mucho más progre.

Cosas de nuestros poderes ejecutivo y legislativo, más dados a generar problemas que a buscar soluciones, por cuyas incomprensibles y, lamentablemente, inmarcesibles obsesiones, resulta cada vez más difícil encontrar, en los nuevos inventos normativos, la palabra “trabajador”, llamada a desaparecer, como la palabra “padre”, para ser sustituida por la muy progre expresión “persona trabajadora”, todo ello gracias a que hemos permitido que el malinterpretado feminismo de estos tiempos haya clavado sus garras en nuestra gramática.

Todo lo que nos ha tocado vivir es tan infumable que el símbolo @ inunda hasta las comunicaciones de nuestro ilustre colegio, para referirse a los colegiados y colegiadas. Aunque confío en que no lleguen a colarnos eso de “colegiades”, me genera curiosidad ver qué malabarismo de lenguaje inclusivo se inventan para sortear el problema. En fin…

Lo que no creí que fuese a ver era que, a esta triste realidad de la función legislativa, con la que me cuesta mucho convivir, se sumase algo que ya es de traca, estomagante e incluso emético: leer, en la propuesta preparada por un compañero de profesión para un documento contractual que afecta a una empresa y a uno de sus trabajadores (perdón por la osadía; no es provocación, es morriña), que a éste se le identifique no como el “trabajador” sino como “la persona trabajadora”.

Supongo que es cosa de mi incorrección política, pero digo yo que si el documento en cuestión se refiere a dos partes, perfectamente individualizadas, una, persona jurídica, y otra, física, y de ésta no hay duda de su condición masculina, digo yo que no pasaría nada, ni a nadie debería ofender, si para referirlo en el contrato, a partir de su primera identificación, se utilizase la palabra “trabajador”, como toda la vida de Dios.

Pues no; en la propuesta que recibo, tras la primera identificación del trabajador, con su nombre y dos apellidos, a fin de evitar la repetición de estas tres palabras, inspirado, supongo, por una suerte de mal interpretado espíritu de ahorro léxico, quedan sustituidas, no por una palabra, sino por otras tres: “la persona trabajadora”.

Tal como están las cosas y visto el rumbo hacia la extinción que se nos ha impuesto, procuro pensar poco en el mañana. Pienso lo justo en el hoy, y me deleito en el ayer. Cualquier tiempo pasado fue mejor; y más, hoy.

Es desesperante ver cómo las fuerzas vivas (paradójica expresión con tanto encefalograma plano mandando) están logrando matar todo nuestro pasado, nuestra historia y nuestro idioma.

Me resisto a toda esta pesadilla. Conmigo que no cuenten.

Por cierto, todas las palabras que he utilizado en estas líneas están en nuestro diccionario de la Real Academia Española. Muy triste.

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